El pasado día 19 de abril, el presunto escritor Fernando Vallejo publicaba en El País -ese supuesto periódico- un artículo titulado La ceguera moral que aprovechaba uno de los temas candentes del momento, las tragicómicas aventuras del Rey à la Tintín botsuanés, para decir un montón de gilipolleces y cobrar por ello (esto ocurre con espantosa frecuencia en todos los periódicos de tirada nacional).
Cada tarde, alrededor de las cinco y media, cuando bajo a prepararme el café, el pájaro canta. El pájaro y yo tenemos una relación íntima, aunque él no lo sabe, y sólo menea la cabeza, como curioso, mientras yo le miro, minuto tras minuto, mientras el cigarro se consume en mi boca y la cafetera humea furiosa.
La frase la hemos oído todos cientos de veces entre cervezas. “¿Pero cómo va a ser malo? Malo de qué. Si a mí me gusta”. Es una de esas sentencias que hacen que cualquier conversación acabe en un encogimiento de hombros mientras uno alaba en silencio la existencia de la dorada y espumosa bendición de la cerveza.
La fascinación por el efecto del viento sobre un rollo de película (o sobre el montón de células fotovoltaicas de un CCD) es casi tan viejo como el propio cine. Quizá tiene mucho que ver con buscar los propios límites de la imagen en movimiento como imagen-tiempo (en la definición de Deleuze); la búsqueda del límite, en este caso, se une –en una divertida paradoja- con la indagación de aquello que es más específicamente propio del cine: por más evocadores y bellos que puedan ser los paisajes de Friedrich o de Turner –por ejemplo- pero será imposible que veamos en ellos al viento moviendo la hojarasca.
Éramos, por supuesto, los únicos valientes dispuestos a bajar a la calle a las cinco de la tarde. Al abrir la puerta de mi casa, de hierro pintado en un color indefinible, entre azul y gris, y que siempre se trababa un poco con el suelo al moverse, la bofetada de calor asfixiante, que se pegaba al pecho, al cuello y a la espalda, te recordaba que estar en agosto, en Sevilla, a las cinco de la tarde y en la calle es una combinación mortífera que haría tambalearse y suplicar clemencia a cualquier superhéroe americano. Pero eso era lo de menos: teníamos once años y ganas de jugar. Todo lo demás no importaba.
Corría el año 1673. La Real Academia de Pintura y Escultura Francesa organiza una exposición pública, o medianamente pública, en el Salón Carré del Louvre, parecida a la que había organizado unos años antes, en 1677, para un grupo de miembros de la Academia.
La llaman “la playa de la cuerda” y creo que es la única playa que he visto en mi vida en la que puedes caminar diez kilómetros y no ver en la arena mojada más pisadas que las tuyas. Para llegar a ella hay que recorrer varios kilómetros de un pequeño sendero que atraviesa una pequeña parte del inmenso coto de Doñana.
Durante los últimos meses, no dejo de ver en diferentes publicaciones y revistas (especialmente online) que están abordando con empeño y tenacidad la labor de dignificar intelectualmente a uno de esos pocos elementos de la cultura popular que aún está sin intelectualizar: el deporte.
Es bastante obvio asumir que Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008) puede ser considera una obra con cierto tono marxista, en el sentido crítico de los teóricos de la Escuela de Frankfurt, así como de sus…